Niños pequeños y el hábito de morder

¿Por qué muerden los niños?

No es agradable venir a la escuela a recoger a tu hijo y que te digan que ha mordido a otro niño. O bien sentir que a ti mismo te está mordiendo…

Y, aunque no sirva de consuelo, es un hábito frecuente durante la infancia, sobre todo entre el año y los dos años de edad, y los mordiscos son comunes en las situaciones en que hay muchos niños juntos, como la escuela o el parque.

Posteriormente, empiezan a disminuir, a medida que se van haciendo más mayores y su lenguaje va mejorando.

 

Los bebés y los niños más pequeños muerden por distintas razones, cuando le están saliendo los dientes, cuando quieren explorar algún juguete o cuando quieren conocer algo mediante la boca.

Los niños muchas veces pueden morder si no son capaces de manejar una situación, porque están enfadados, frustrados, o con miedo, y todavía no saben expresar con palabras lo que les ocurre, así que pueden morder para demostrar su atención o su desagrado hacia algo.

Puede ser el reflejo de un cambio importante en su vida, como pueda ser un nuevo bebé en la familia, o el cambio de casa, o el paso de dormir en la cuna a dormir en la cama, que son cambios emocionales importantes para ellos y desembocan en un comportamiento agresivo.

Y a veces puede suceder que los niños muerden sólo para ver las reacciones de los mayores, o para ver qué efectos tiene, o incluso como una expresión equivocada de amor.

Lo más importante es saber que los niños no quieren atacar, no quieren hacer daño con su mordisco. Ellos prefieren explorar y jugar con sus amigos. Por eso es muy importante saber el porqué de su comportamiento, para conseguir ayudarle a que lo abandone.

 

Y ¿qué hacemos cuando un niño muerde a otro?

Lo primero de todo, es mantener la calma y una actitud firme. De una forma sencilla y firme debemos decirle que no se muerde, que morder duele y hacemos daño al otro. No debemos extendernos en explicaciones largas que el niño no nos va a entender. Ni tampoco sirve el castigo, que sólo puede conseguir que el niño se rebele y continúe con su comportamiento inadecuado.

Luego, consolar al niño agredido. Debemos fijar la atención en el que ha recibido la mordida. En caso de que haya una herida, debemos limpiar la zona con agua y jabón.

Pero no debemos dejar de lado al niño que ha mordido. En muchos casos no se dan cuenta que han provocado dolor al otro niño, aunque lo más probable es que en realidad sepan muy bien lo que hicieron. Y no debemos mostrarnos fríos, para ayudarles a sentirse seguros y que nos expresen sus sentimientos.

Es importante pensar cuándo y por qué muerde, para ir detectando cuales son las circunstancias que le provocan actuar de esta manera.

Cuando notemos que el niño está emocionado y percibimos que pueda morder, le podemos ofrecer una alternativa, llamando su atención hacia otra actividad como pintar, jugar, bailar o cantar.

Nunca debemos morder “de mentirijillas” como forma de demostrar a los niños que morder duele. Si lo hace el padre o la madre, ello puede contribuir a que el niño muerda aún más, así que no hacerlo nunca.

 

En general no es necesario establecer grandes medidas de disciplina, porque muchos niños no se han dado cuenta de que hacen daño cuando muerden, pero es importante que no justifiquemos ni reforcemos esa conducta cuando lo hacen para llamar la atención, y que tomemos las medidas más adecuadas para ayudarle en su desarrollo.

 

 

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