LA CURIOSIDAD INNATA DEL NIÑO
Padres y educadores sabemos que los niños pequeños son muy curiosos, al observarlos con atención nos damos cuenta de que no pierden detalle de nada. Pronto se les queda pequeño el hogar y les encanta descubrir nuevos y diferentes entornos. Los adultos salimos a diario caminando a la calle sin fijarnos en los detalles y sin asombrarnos de casi nada. Los niños, sin embargo, se entusiasman por casi todo.
Esta curiosidad innata es la respuesta al instinto de conservación que todo ser vivo posee. Cuando el niño nace tiene escasas capacidades para sobrevivir y, aunque pronto experimenta la seguridad que le ofrece la familia, sigue inquieto y ansioso por conocer todo lo que ocurre a su alrededor, ya que necesita aprender a relacionarse con su entorno.
Son pequeños exploradores, investigadores y analistas al mismo tiempo. Los adultos aplazamos ciertos proyectos para el futuro, sin embargo, los niños pequeños sólo viven el presente y emplean todas sus energías en cada momento. Nunca satisfacen del todo sus ganas de saber.
Este instinto de conservación y la curiosidad innata que acompañan al niño desde que nace pierden agudeza a medida que el peque va creciendo y conociendo el mundo que le rodea, por este motivo, sus padres y educadores, debemos seguir fomentando en ellos dicha curiosidad.

Es importante responder con gusto y generosidad a sus preguntas y mantener vivo su deseo de saber, ya que, de este modo, en los niveles escolares sucesivos, el niño conservará sus ganas de aprender y aumentarán sus posibilidades de éxito tanto en el colegio como en la vida en general.

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